Una revelación inesperada
modernismo

Mientras restaurábamos unos cortinajes, no nos podíamos imaginar que uno de los tejidos con los que se confeccionaron sería portador de una historia donde aparecen involucrados un ilustre reusenco y un barón inglés.

Antes de proseguir sobre esta cuestión, conviene precisar que se trata de unos cortinajes magníficos y de primer nivel, realizados durante el período más brillante del modernismo catalán; concretamente están datados alrededor de 1902. Por lo que se sabe, vestían el balcón de la sala de música de la casa Solà Pou, ubicada en Barcelona (actualmente se encuentran en el Museo Nacional de Arte de Cataluña). Este conjunto también es excepcional porque conserva todos los elementos. Se compone de dos cortinas, de un friso o guardamalleta y de un estor. Además, incluye los cordones de pasamanería que recogen las cortinas, decorados con una borla muy pomposa, los soportes de metal de los cordones y la galería de madera, todos ellos a juego. En suma, es un claro testimonio de los nuevos gustos de la burguesía catalana del momento.

Por lo que se refiere a los tejidos, el principal es un elegante damasco de color verde, con las urdimbres de seda y las tramas de algodón, con efecto moaré y con la repetición a tresbolillo de un exquisito ramo de ciclámenes. Con todo, el tejido que nos retorna a la historia con la que hemos iniciado este texto es el terciopelo de color rosa viejo, de seda para las urdimbres de pelo y de algodón para las urdimbres y las tramas de base, que está aplicado sobre el damasco y que lo decora. En el caso del friso se encuentra en la parte central y en el de las cortinas en uno de los laterales y en la parte inferior. Por otro lado, este terciopelo, además de las cualidades físicas que lo caracterizan, como son el brillo y la suavidad, esconde un valor añadido que tiene que ver con su manufactura, imposible de saber antes de la restauración.

Así pues, todo empezó durante el proceso de desmontaje del terciopelo, cuando encontramos en uno de los orillos, como un regalo del azar, la marca de la fábrica donde se tejió: LISTER & Cº Lº MANNINGHAM MILLS. Este hecho no solo nos reveló que el terciopelo procedía de Inglaterra sino que también estaba realizado en un telar mecánico que tejía dos piezas de terciopelo al mismo tiempo. Es decir, en un telar que cambió la historia de la fabricación de los terciopelos, pues comportó que estos tejidos se produjeran a gran escala y de manera rápida, por lo tanto, a un menor coste.

El caso es que el inventor de este telar fue el empresario textil Jacint Barrau y Cortès, un reusenco emprendedor que gracias a su ingenio, patentado en 1857, colocó la industria de la seda catalana en los anales de la tecnología textil. Ahora bien, a pesar de haber marcado este hito, el infortunio le obligó a vender la patente, en 1867.

¿A quién?

Pues, al clarividente Samuel Cunliffe Lister, propietario de la manufactura referenciada en el orillo de nuestro terciopelo. Parece ser que el resultado de esto, según su biografía, le reporto una fabulosa fortuna que le permitió comprar un castillo, el de Swinton Park. Es más, también compró las tierras de Jervaulx y más tarde, hasta la reina Victoria de Inglaterra le concedió el título de barón, que él adoptó con el nombre de Masham.

Dos maneras bien distintas de pasar a la historia por medio de un terciopelo.

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